Perseguir la noche
Perseguir la noche
Capítulo: Desayuno al amanecer
Por Ernesto Canto @elreydelcatre
El Centro Histórico amaneció cerrado. No por una manifestación ni por algún sobresalto de la ciudad, sino porque el medio maratón le había robado las calles al insomnio. Salí del Utero a las cuatro de la mañana, cuando la música apenas comenzaba a convertirse en zumbido y los últimos abrazos ya no prometían nada.
Tomé Eje Central rumbo al norte. La ciudad, por primera vez en muchas horas, parecía hablar en voz baja. Los semáforos cambiaban para nadie y el pavimento todavía guardaba la humedad de la noche.
Quería llegar a Madero. Como diría Carlos Fuentes, había que pasar por Madero para maderear. Hay calles que no se cruzan: se recorren como un ritual. Ahí, entre edificios centenarios y el silencio improbable del alba, uno entiende que la Ciudad de México nunca duerme; simplemente cambia de turno.
Doblé por Isabel la Católica y salí a Cinco de Mayo. El Café Popular seguía ahí, fiel a su vocación de recibir desvelados, trabajadores madrugadores y sobrevivientes de la fiesta.
Pedí unos chilaquiles con huevo, un café lechero y una concha de chocolate. El primer sorbo tuvo más sentido que muchas conversaciones de la madrugada.
Mientras desayunaba, pensé en el chacal.
Se perdió al final de la fiesta. Como esos personajes que desaparecen justo cuando la historia parece necesitar una última escena. Ya no supe qué hizo. ¿Habrá regresado a su casa? ¿Se habría llevado a otro activo vergón a su cueva? Imposible saberlo. La noche siempre guarda secretos para quien decide no hacer preguntas.
Yo, en cambio, estaba ahí, desayunando rico, viendo cómo la ciudad empezaba a desperezarse.
Revisé el celular. Gracias al medio maratón, el Metro abriría desde las cinco de la mañana. Sonreí. Trescientos pesos menos en Uber. Hay pequeñas victorias que solo entienden quienes sobreviven la noche y llegan al amanecer con el bolsillo todavía respirando.
Miré hacia el oriente. Pensé en esperar el nacimiento del sol. Ver cómo la luz le devuelve los colores a los edificios, cómo los corredores sustituyen a los trasnochados y cómo la ciudad vuelve a fingir que todo empieza de nuevo.
Pero el sueño también tiene sus argumentos.
Quizá el amanecer pueda esperar otro día. Después de todo, perseguir la noche también implica saber cuándo dejar que ella gane.

Comentarios
Publicar un comentario