Perseguir la noche 2


Capítulo: El vampiro de Reforma


Habíamos quedado varios amigos de llegar juntos a Morbo. Como suele suceder con estas promesas nocturnas, el plan original terminó siendo una ficción: el único puntual fue Armand. Los demás fueron apareciendo a lo largo de la noche, cada quien a su ritmo, como si la fiesta tuviera distintas puertas de entrada y nadie quisiera llegar demasiado temprano a la historia.


Yo tenía especial expectativa por escuchar a Negraconda y Maltrip. Hay DJs que uno va a escuchar y otros a los que va a entregarse. Esa noche esperaba lo segundo.


Mientras hacía fila para entrar, me llamó la atención una pareja heterosexual que intentaba acceder al lugar. Eran invitados de La Negra. Ambos muy guapos, de esos que no pasan inadvertidos ni siquiera en una fila llena de cuerpos atractivos. En los vestidores, él terminó quedándose en calzones y ella con las tetas al aire. Una naturalidad que, en otros contextos, provocaría miradas escandalizadas, pero que ahí parecía formar parte de las reglas no escritas de la casa.


Morbo se ha convertido en uno de esos remansos de libertad dentro de la noche capitalina. Un refugio para quienes encuentran en la música electrónica, la diversidad de cuerpos y el deseo una manera de habitar la ciudad sin demasiadas explicaciones. Buenos DJs, chicos extraordinariamente atractivos y espectáculos de sexo en vivo conviven en un espacio donde la inclusión no necesita discursos solemnes: basta con dejar que cada quien sea, baile y desee a su manera.


La madrugada avanzó entre beats, encuentros y esa electricidad particular que se produce cuando la música consigue que el tiempo deje de tener importancia.


Cerca de las cuatro decidí salir. No sé si fue el cansancio, el hambre o esa sensación de haber alcanzado el punto exacto de una noche. Afuera, la ciudad tenía otros planes.


Me comí dos hamburguesas hawaianas de esas callejeras que, a esas horas, saben a gloria. Jamón, piña, queso y una generosa dosis de grasa para recordarle al cuerpo que, además de bailar y perseguir el deseo, también necesita combustible. Al terminar encendí un cigarro y emprendí la caminata hacia Reforma.


El arroyo vehicular estaba franqueado por vallas metálicas. Era la madrugada del primero de noviembre y en unas horas tendría lugar el desfile de Día de Muertos. Una tradición relativamente reciente en su formato espectacular, nacida de aquella peculiar paradoja cultural: una película de James Bond, *Spectre*, filmada en la Ciudad de México en 2015, terminó inspirando un desfile que después encontraría su propio lugar en el calendario festivo de la capital.


Reforma lucía majestuosa.


Las flores de cempasúchil iluminaban la avenida y, aunque todavía no daban las cinco de la mañana, la ciudad seguía viva. Había algo extraordinario en caminar por aquel escenario antes de que llegara el público. En unas horas, la avenida estaría pletórica de carros alegóricos, catrinas y catrines gigantes, criaturas monumentales salidas de las manos de los maestros cartoneros que todavía sobreviven a la modernidad y mantienen vivo un oficio que se transmite entre generaciones.


Decenas de familias ocuparían las banquetas para contemplar el paso de las comparsas. Una celebración de raíces ancestrales que, entre papel maché, flores, maquillaje y música, se ha transformado en uno de los grandes espectáculos de la identidad mexicana.


Pensé en esa extraña capacidad que tiene esta ciudad para apropiarse de todo: una película de Hollywood se convierte en tradición, una avenida se transforma en escenario y una madrugada de antro termina siendo el prólogo de una fiesta multitudinaria.


Seguí caminando hasta la glorieta del Ángel.


Todavía había trasnochados saliendo de los antros. Algunos, con los ojos encendidos y la energía inexplicablemente intacta, buscaban desesperadamente dónde continuar el after. Otros, como yo, habíamos llegado a ese punto en el que la noche deja de ofrecer promesas y empieza a cobrar facturas.


Unos perseguían la siguiente fiesta; otros esperábamos el Uber que nos llevaría de regreso a casa.


Me detuve un momento a contemplar el Ángel. La ciudad comenzaba a cambiar de piel. Pronto llegarían los corredores, los vendedores, las familias y los turistas. La noche sería sustituida por el espectáculo diurno de una ciudad que nunca termina de representarse a sí misma.


Esta vez no esperé al sol.


Como buen vampiro, había conseguido llegar antes del amanecer. Y mientras Reforma se preparaba para recibir a sus muertos, yo me retiraba discretamente a dormir.


Después de todo, también los vampiros tenemos que descansar antes de volver a perseguir la noche.

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